Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística.
Durante unos minutos, el miércoles 12 de agosto, buena parte de España dejó de mirar sus playas y sus monumentos para mirar hacia arriba. El primer eclipse total de Sol visible desde la Península en más de un siglo atravesó el país al final de la tarde y convirtió ciudades, pueblos y parajes rurales en puntos de encuentro para millones de personas que habían llegado hasta allí con el objetivo de estar en el lugar indicado cuando se hiciera de noche en pleno día.
Pero la movilización había empezado mucho antes de que la Luna tapara el Sol. Expedia registró un crecimiento interanual del 245% en las búsquedas de alojamiento dentro de la trayectoria del eclipse. En ciudades como A Coruña, el aumentó llegó al 435%, mientras que en distintos destinos de la franja de totalidad la demanda impulsó reservas y precios. Hoteles de las Islas Baleares y otras regiones españolas sumaron caminatas nocturnas, encuentros con astrónomos, cenas bajo las estrellas y programas especialmente creados alrededor del fenómeno.
Lo extraordinario, sin embargo, no es solamente la dimensión que alcanzó el eclipse. También fue la razón por la que tanta gente viajó. Quienes se trasladaron hasta el norte español, las Baleares o Islandia no eligieron primero un destino y después buscaron qué hacer allí. Hicieron exactamente lo contrario, eligieron qué querían experimentar y, a partir de eso, encontraron el lugar donde podían hacerlo.
Por supuesto, se trataba de un acontecimiento astronómico excepcional. Pero ese cambio de orden también permite observar una transformación que viene atravesando al turismo desde hace tiempo.
Primero el motivo, después el mapa
Durante mucho tiempo, planificar unas vacaciones empezaba con una pregunta: ¿adónde vamos? París, Nueva York, Río de Janeiro, Roma, el Caribe. Elegido el punto en el mapa, llegaba el itinerario: “los cinco lugares que tenes que conocer”, “los restaurantes que deberías reservar”, “los mejores spots de fotos”, “las playas más tranquilas”.
En 2026, distintas investigaciones de la industria turística están detectando otra lógica. Los viajes se vuelven cada vez más personalizados, construidos alrededor de intereses particulares y menos dependientes de un modelo idéntico para todos.
Booking.com encuestó a más de 29.000 personas de 33 países —entre ellas argentinos—, definió la individualidad como uno de los grandes motores del turismo de este año. Según la compañía, las personas están dejando de apoyarse exclusivamente en itinerarios convencionales para organizar escapadas alrededor de pasiones, objetivos e incluso motivos que antes podían parecer demasiado específicos como para justificar unas vacaciones.
No significa que ya no importe conocer París. Significa que alguien puede elegir París porque quiere correr una maratón, asistir a un desfile, hacer un curso de pastelería, seguir los escenarios de una película o participar de un evento particular.
Volver de vacaciones sabiendo hacer algo
Hay quienes regresan con un imán para la heladera, quienes llenan la valija de productos regionales y, ahora, quienes empiezan a buscar algo bastante menos tangible: volver sabiendo hacer algo que antes no sabían.
Las llamadas “skillcations” —un término que combina las palabras inglesas skill (habilidad) y vacation (vacaciones)— son viajes pensados alrededor del aprendizaje de algo nuevo. También aparece la variante skillidays, que mezcla skill con holidays.
No se trata necesariamente de anotarse en un curso formal ni de transformar el descanso en otra obligación. Sino de incorporar el aprendizaje como parte central de la experiencia. Por ejemplo, aprender algunas técnicas de cerámica, cocinar junto a un chef local, trabajar con textiles tradicionales, iniciarse en fotografía, practicar un deporte o conocer cómo se produce un vino.
Un estudio publicado en julio por Mastercard, realizado entre más de 27.000 viajeros de 28 países europeos, encontró que el 48% planeaba aprender alguna habilidad durante sus vacaciones de verano. El 37% ya había reservado ese año un viaje específicamente vinculado con un aprendizaje y el 51% consideraba que ese tipo de experiencia hacía que las vacaciones resultaran más significativas.
Entre las actividades que despertaban mayor interés aparecían aprender frases básicas de otro idioma, participar de talleres gastronómicos, conocer procesos de producción de vino o quesos, practicar disciplinas vinculadas al movimiento y el bienestar, experimentar con artesanías tradicionales y desarrollar actividades creativas como fotografía, pintura o escritura.
Y hay otro detalle: el 48% consideraba que aprender algo nuevo podía convertirse en un recuerdo más valioso que un souvenir. Durante años, una parte importante del turismo se organizó alrededor de aquello que podía verse, fotografiarse o comprarse. En estas vacaciones, el recuerdo puede ser una habilidad.
Y la industria ya está respondiendo. El 7 de agosto, Financial Times relevó una serie de retiros creativos que muestran hasta dónde llegó el fenómeno. Hay estadías dedicadas al tejido y teñido en Oaxaca; experiencias de cerámica en Mallorca; programas de índigo tradicional en Yunnan, China; talleres de diseño y artes aplicadas en Francia; y semanas enteras destinadas a aprender confección en Inglaterra. Algunos organizadores contaron al medio que las propuestas que hace una década tenían dificultades para completar unos pocos lugares ahora se reservan con meses de anticipación.
Además, el atractivo no está solamente en producir una pieza, el curso funciona como acceso a la cultura del lugar porque se aprende con artesanos, se conocen materiales de la región, se comparten comidas y se incorporan prácticas que difícilmente formarían parte de un itinerario turístico convencional.
De viajar para aprender a viajar por una pasión
Las skillcations son quizás la versión más literal de este nuevo turismo, pero no son la única. El mismo patrón aparece cuando un libro, un deporte o un acontecimiento cultural determinan el próximo pasaje.
Expedia incluyó este año entre sus tendencias a los “Readaways”, escapadas organizadas alrededor de la lectura. Según datos de Pinterest recogidos en el informe de la compañía, las búsquedas de ideas para retiros de clubes de lectura crecieron 265%, mientras que las menciones relacionadas con bibliotecas y retiros literarios prácticamente se triplicaron en reseñas de alojamientos.
La diferencia con llevar una novela a la playa es fundamental porque leer deja de ser la actividad secundaria de las vacaciones y pasa a ser la razón para tomárselas. Casas con bibliotecas, estadías con otros lectores y escapadas diseñadas alrededor del silencio y los libros convierten una práctica habitualmente individual en un motivo de viaje.
Con el deporte ocurre algo parecido. Más allá del Mundial de este año, el informe global Unpack ’26 de Expedia, detectó interés creciente por experiencias deportivas propias de cada lugar. Por ejemplo, ver sumo en Japón, lucha libre en México, muay thai en Tailandia o capoeira en Brasil.
La pantalla también funciona como brújula. Expedia calcula que el “set-jetting”, los viajes inspirados por películas y series, continúa creciendo y encontró que el 53% de los viajeros había aumentado su interés por ese tipo de escapadas. Entre Gen Z y millennials, el 81% declaró planificar viajes teniendo en cuenta localizaciones vistas en producciones audiovisuales.
Por otro lado, puede ser un fenómeno natural que determina un viaje en Argentina, cada primavera, es la floración de los tulipanes que lleva visitantes hasta Trevelin, en Chubut. Durante las pocas semanas en las que el campo alcanza su máximo esplendor.
¿Por qué queremos que las vacaciones signifiquen algo?
Hay una palabra que aparece repetidamente en los estudios de turismo de este año: personalización. No en el sentido tecnológico de recibir mejores recomendaciones, sino como necesidad de diseñar un viaje que se parezca más a quien lo hace.
Dos personas pueden viajar a la misma ciudad y vivir experiencias completamente diferentes porque ya no existe necesariamente un listado universal.
En el estudio de Booking.com sobre viajeros argentinos, por ejemplo, un 75% afirmó que no necesita una ocasión tradicional para justificar un viaje. Entre los nuevos motivos aparecen celebrar un ascenso, cerrar una etapa personal o simplemente reconocer el esfuerzo realizado durante el año.
Eso amplía incluso la pregunta sobre qué consideramos una razón suficiente para viajar. Un casamiento, una recibida o un aniversario dejaron de ser las únicas fechas capaces de ordenar unas vacaciones especiales. Un concierto, una carrera, una novela favorita, un fenómeno astronómico pueden ser suficientes.
En ese escenario, la proliferación de nombres —skillcations, readaways, set-jetting, fan voyages, astroturismo— puede parecer otro ejercicio de marketing turístico. Y en parte lo es, pero detrás de las etiquetas existe una tendencia.
El momento vale tanto como el destino
España volverá a convertirse en escenario de un eclipse total el 2 de agosto de 2027 y de uno anular el 26 de enero de 2028. El fenómeno ya está siendo pensado como una oportunidad turística de varios años, con destinos y hoteles preparándose.
Durante mucho tiempo, el valor de un viaje estuvo asociado al lugar como haber estado en París, conocer Nueva York, visitar Roma. Pero en un mundo donde prácticamente cualquier monumento puede explorarse desde una pantalla, adquiere valor estar en un determinado lugar justo cuando sucede algo que no puede repetirse a voluntad.
Porque un eclipse dura minutos, un concierto tiene una fecha, una cosecha ocurre en una temporada, un taller depende de las personas que lo dictan, una carrera transforma una ciudad. El destino sigue importando, por supuesto, pero ya no necesariamente alcanza.
Hoy aparece otra manera de imaginar las vacaciones. Quizás el próximo viaje empiece menos con la pregunta “¿adónde quiero ir?” y más con otra: “¿qué quiero vivir?”.